23/10/19

LOST.

Estás en la montaña, sola. Si llegaste a subir acompañada o no da igual, porque ahora ellos no están. Se han ido quedando atrás o han seguido por otro camino. Ahora son tus propias huellas las únicas marcas en el suelo.

Has disfrutado del trayecto hasta ahora. Aún tienes vívidos en tu cabeza la sonrisa con la que diste los primeros pasos, tu asombro al ver la belleza de la naturaleza, tu orgullo al superar algún tramo más difícil con esfuerzo... Sin embargo, las condiciones han empeorado tanto que empiezas a dudar de si emprender esta aventura fue una buena idea. Como si hubieras tenido la opción de elegir.

Ha caído la noche y has perdido el camino. Hace tiempo que no ves ninguna señalización indicando por dónde se supone que te han de llevar tus pies. El camino es empinado y lleno de piedras y troncos que te hacen tropezar y caer continuamente. La visibilidad empeora por momentos, hasta el punto que prácticamente caminas a ciegas, por inercia. Y, por si fuera poco, al irse el sol te has ido quedando cada vez más fría. Ya no sientes los dedos de los pies, o de las manos, y el resto del cuerpo también se queja por dolor y cansancio.

Te paras a cada poco para intentar ver, para intentar escuchar. Solo necesitas una luz tenue a lo lejos, una señal medio escondida entre hierbas, una voz casi inaudible… Solo algo que te de la motivación y esperanza suficientes para seguir moviéndote, para ir a buscar una desesperada y muy necesaria ayuda. Pero ni luces, ni señales, ni voces. Parece que solo estás tú.

Tu instinto de supervivencia te obliga a seguir adelante, pero a tu cabeza y, también a tu corazón, les parece muy atractivo rendirse, pararse y dejar que sea otro quién se encargue de decidir qué pasará luego. Te habían prometido unas vistas maravillosas durante el camino y aún mejores al final, pero lo estás pasando tan mal que te da igual no verlas, te da igual todo.

Entonces empiezas a pensar en todos los demás jóvenes que han hecho exactamente lo mismo que tú, que eligieron aventurarse y también se encontraron perdidos. Sabes muy bien que no eres la única. Sabes muy bien que les ha pasado a miles, que igual en este mismo momento hay varios en la misma situación, unos metros más allá, ocultos a tu vista, pero reales. Te preguntas como lo estarán llevando ellos, si sabrán salirse, qué es lo que su cabeza les mandará hacer, qué solución, aunque sea temporal, encontrarán. No tienes ni idea de cómo puedes ser tan normal, perdida en un punto tan común, y, aún así, no tener ni la más mínima absoluta idea de cómo proceder.

Finalmente te das cuenta que el problema no es estar perdida, te perdiste hace ya varios kilómetros, mucho antes de que se hiciera de noche. El verdadero problema es que estás completamente incapacitada para lidiar con ello y nadie va a venir a ayudarte, no hay rescate. Definitivamente, solo estás tú.